La crisis dentro del espacio libertario explotó en el momento más decisivo: José Luis Espert, antes uno de los nombres fuertes de La Libertad Avanza, fue forzado a renunciar a su candidatura luego de una ráfaga de denuncias que lo vinculan estrechamente con el empresario señalado por narcotráfico, Federico “Fred” Machado. Lo que comenzó como escándalo mediático se transformó en un terremoto político que Milei no pudo ignorar.
El contexto era cada vez más insostenible: inconsistencias públicas, versiones cruzadas y vuelos documentados en aeronaves de Machado. Las encuestas mostraban el derrumbe de su imagen: más del 70 % de percepción negativa, y más del 60 % creía que debía dar un paso al costado. En ese clima, sectores del PRO, Mauricio Macri, funcionarios nacionales y figuras libertarias presionaron para que el candidato quedara fuera. Finalmente, el domingo Espert anunció: “Por la Argentina, doy un paso al costado.” Milei aceptó la renuncia.
El recambio fue inmediato: Diego Santilli (PRO) fue propuesto para reemplazarlo. La decisión ya estaba tomada de fondo, incluso cuando muchas boletas y piezas de campaña seguían con la cara de Espert. La jugada expuso una estrategia de contingencia más que una ruptura real con los planteos del espacio de poder.
Milei, por su parte, intentó calibrar su discurso: no quiso “expulsar” a Espert, lo llamó “un amigo” y apuntó al kirchnerismo como responsable de “operaciones sucias” para ensuciar el proyecto. Pero incluso ese discurso quedó deshilachado cuando quedó claro que el abandono no fue opcional sino forzado.
Lo que revela este episodio es crudo: cuando los vínculos con redes oscuras se hacen públicos, ni la retórica de la pureza puede sostenerse. Los discursos de “mano dura contra la corrupción” se vuelven vacíos cuando sus protagonistas caen atrapados por sus propias alianzas.
Y en ese terreno, resulta evidente que el poder cuida sus aparatos antes que sus padrinos.